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miércoles, 23 de octubre de 2013

El sexo y la mente

"El mayor y más potente órgano sexual no está entre las piernas de hombres y mujeres, sino detrás de las orejas?, ha dicho John Money, neuro-endocrinólogo de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore (EEUU). Indudablemente penes y clítoris quedarían sumidos en un soporífero letargo de no ser porque de vez en cuando son agitados por estímulos hormonales y mensajes eléctricos elaborados en el sistema nervioso central.
Por ejemplo, una descarga de feniletilamina cerebral puede llevar a la lujuria, mientras que la secreción de oxitocina refuerza los lazos emocionales que propician la monogamia; y el orgasmo se puede resumir en una secuencia de sacudidas electrizantes. No se equivoca Irwin Goldstein, urólogo de la Universidad de Boston, al afirmar que "el cerebro es el órgano sexual más importante".
Lejos de tener mente propia, como aseveró Leonardo da Vinci hace 500 años, el pene -y también el clítoris- está sujeto a la dictadura de nuestro encéfalo. Éste rige la conducta erótica del ser humano, desde los impulsos primitivos hasta las sensaciones libidinosas más elaboradas. "El animal humano, al igual que los demás primates, se reproduce sexualmente y, por lo tanto, gran parte de las estrategias encaminadas a la reproducción estarán orientadas a la identificación de los sexos, la obtención de pareja y la inducción a la cópula", escribe el etólogo Enric Alonso de Medina, profesor de la Universidad de Barcelona, en su libro El animal humano. El control del instinto sexual reside en el sistema límbico, la sede de las emociones. Pero junto a esta especie de ?cerebro de mamífero primitivo?, como lo define el neurólogo Paul McLean, del Laboratorio de Evolución del Cerebro y el Comportamiento, en Poolesville (Maryland), opera otro cerebro de reciente aparición en términos evolutivos. Se trata del neocórtex, una hoja de tejido doblada, de unos 3 milímetros de espesor, que en el ser humano se ha desarrollado a modo de casquete pensante que arropa el resto de la materia gris.

Pues bien, el neocórtex o corteza cerebral otorga al erotismo humano una dimensión desconocida en las otras 4.300 especies de mamífero que hay en el mundo; en la nuestra, el sexo no sólo es un instrumento para la perpetuación de la especie, sino que cumple también una definida función de relación social. En palabras del profesor Alonso de Medina, "en el hombre, el acto sexual es algo más que el puro sexo bestial de procreación; es también un sexo de relación, un diálogo físico, una actividad lúdica que sirve al propósito de unión de la pareja". En este punto hay que decir que los éxitos y fracasos de nuestras relaciones amorosas no son fruto de los antojos de Cupido. Así es, la conducta sexual aparece deslindada por nuestros conocimientos y fantasías sexuales, así como por los tabúes, los mitos, las inhibiciones, las creencias religiosas y morales, las carencias emocionales, las experiencias traumáticas y la educación recibida, entre otros muchos factores. De este modo, la dimensión erótica de un individuo queda establecida por su nivel de inteligencia sexual, un revolucionario concepto introducido por los psicólogos Sheree Conrad y Michael Milburn, de la Universidad de Massachusetts, en Boston, que desarrollan en su libro Inteligencia sexual. Para estos autores, la dimensión erótica de cada persona está fijada por su coeficiente de inteligencia sexual. Ésta constituye una parcela de nuestra capacidad intelectual tan importante como la inteligencia emocional descrita recientemente por el psicólogo Daniel Goleman y los otros nueve tipos de inteligencia -lingüística, musical, naturalista y existencial, por mencionar algunas- propuestos por el también psicólogo Howard Gardner, de la Universidad de Harvard.

"Las personas menos inteligentes sexualmente sufren mucho dolor y confusión en su vida sexual", afirman Conrad y Milburn. Pero los zotes eróticos no lo tienen todo perdido. La sabiduría sexual es una facultad que se puede medir, cuantificar y sobre todo potenciar. Para esta pareja de psicólogos, los superdotados sexuales afrontan la relación de pareja de una manera especialmente distinta al resto de la gente que se traduce en una mayor felicidad erótica y una menor incidencia de disfunciones sexuales. "Ser sexualmente inteligentes -y tener una vida sexual mejor- no depende de la suerte, de la belleza o del sex appeal innato. Depende de habilidades que las personas pueden adquirir, desarrollar y dominar con el tiempo. Por consiguiente, la inteligencia sexual es algo a lo que todo el mundo puede aspirar razonablemente y trabajar para conseguir", dicen estos expertos.
 
 La clave para lograr la felicidad erótica y resolver muchas de las disfunciones sexuales podría hallarse en el nuevo concepto de inteligencia sexual. ¿Pero en qué consiste ésta? Todo el mundo nace con esta facultad cognitiva que, al igual que los demás tipos de inteligencia, hay que cultivar. Afrontar las relaciones eróticas desde la ignorancia es como intentar resolver una ecuación diferencial sin apenas conocimientos matemáticos. El camino hacia la satisfacción sexual no está en volvernos más seductores, ni en reprimir o dar rienda suelta a nuestros deseos y fantasías eróticas, o en aplicar a pies juntillas las técnicas y conceptos aprendidos en los libros de sexualidad.Esta  investigación indica que la respuesta consiste en desarrollar nuestra inteligencia sexual.Ésta reposa en tres pilares fundamentales. El primer componente del talento amoroso consiste en adquirir los conocimientos precisos para adentrarse en la relación de pareja.
 
"Quienes son sexualmente inteligentes poseen información científica precisa acerca de la sexualidad humana por la que se guían en sus decisiones y en su conducta sexual", comentan un de los investigadores. Este aprendizaje no es una tarea baladí, pues sólo a través de una adecuada educación sexual es posible detectar y combatir algunos mitos y tabúes eróticos que están arraigados en la sociedad y que interiorizamos a través de la cultura popular, la religión y la familia.
"Gran parte de lo que las personas aprenden de sexo está basado en datos erróneos, prejuicios aceptados sin detenerse a pensar si son correctos, e incluso si son supersticiones", dicen estos psicólogos. Creencias como que el pene ha de estar siempre listo para entrar en acción, que las mujeres que cumplen los cánones de belleza son más activas en la cama, que el sexo femenino ha de mostrarse pasivo o que el orgasmo simultáneo es el mayor placer erótico pueden hacer que se derrumbe la autoestima y la confianza en nosotros mismos.
Una vez liberados de las mentiras del sexo, el segundo paso hacia una vida sexual mejor se halla en descubrir nuestro propio sexo, esto es, averiguar qué nos atrae, qué nos excita, qué preferimos y qué facetas de nuestra conducta erótica nos plantean dificultades, este pilar de la inteligencia sexual como consciencia del Yo sexual secreto. Éste alberga los verdaderos pensamientos, sentimientos y emociones que hacen que la vida amorosa sea más gratificante. Pero, como advierten estos expertos, los auténticos deseos sexuales quedan encubiertos con demasiada frecuencia por diversos motivos. Por ejemplo, el Yo sexual secreto puede verse condicionado de forma negativa por experiencias desagradables que ocurrieron en el pasado, por necesidades emocionales insatisfechas o simplemente por mitos o imágenes falsas de la sexualidad humana que se difunden a través de los medios de comunicación. A este último respecto, la pareja de psicólogos estadounidense pone de relieve cuatro mitos de origen mediático instalados en la sociedad y que resume en esta frase: "Sharon Stone no hace el amor mejor que las demás mujeres". El cuarteto de bulos mediáticos es el que sigue: primero, que todos los demás tienen más y mejores relaciones sexuales; segundo, que nuestro cuerpo no es perfecto; tercero, que todos los problemas quedan resueltos si se logra acceder a un "sexo de película";y cuarto, que, si es necesario, el sexo se puede lograr por la fuerza. Los jóvenes son especialmente receptivos a este tipo de mensajes.
"Los conflictos con la figura corporal resaltan especialmente como problemáticos entre los púberes, pues pueden dar lugar a casos de anorexia, bulimia o ambas cosas; vigorexia y dimorfía o incomodidad con el propio cuerpo", advierte el profesor Félix López, catedrático de Psicología de la Sexualidad de la Universidad de Salamanca. Sin duda alguna, uno de los principales retos de los educadores sexuales está en enseñar a los alumnos a distinguir el sexo ficticio del real.
Cuando se practica el erotismo que se ve y no el que se siente, el fantasma de la decepción -y de la disfunción- hace acto de presencia. En este sentido, el desarrollo del intelecto erótico ofrece la posibilidad de discernir las conductas sexuales auténticas de las impostoras, que se instalan en la mente como polizones. "Las personas sexualmente inteligentes son capaces de advertir, por ejemplo, cuándo sus deseos eróticos están sustituyendo a carencias emocionales que no son sexuales, como la falta de autoestima, de seguridad o de poder. Saben cuándo tienen relaciones sexuales simplemente porque se sienten solas", afirman en su obra Conrad y Milburn.

El tercer y último pilar de la inteligencia erótica tiene que ver con la conexión con los demás. El sexo es cosa de dos, cuando no de más. "Mantener una vida sexual enriquecedora implica a otras personas", comentan Conrad y Milburn. Para adquirir una buena habilidad y dominio de la sexualidad, tanto en lo que se refiere a la relación de pareja como consigo mismo, hay que abrirse a los demás. Esta deficiencia ya hace acto de presencia en la adolescencia: las relaciones interpersonales y afectivas constituyen uno de los problemas más comunes en esta etapa del desarrollo, ya que a menudo implican soledad emocional y social, frustraciones amorosas y dificultades para la seducción y la intimidad difíciles de afrontar, según el profesor López.
Conrad y Milburn aseguran que una persona no alcanza un alto grado de inteligencia sexual hasta que domina ciertas habilidades sociales o interpersonales, que incluyen, entre otras cosas, la capacidad de hablar con la pareja sobre la vida sexual y de comprender el Yo erótico del amante. "La inteligencia sexual implica aprender a ser sinceros con nosotros mismos y con nuestra pareja, sobre quiénes somos sexualmente." Una vez más, la sociedad pone zancadillas a esta meta, pues como aseguran estos psicólogos "una de las cosas que la mayoría de las personas aprende a una edad temprana en su familia es a no hablar de sexo. La idea de que los sentimientos sexuales son, literalmente, innombrables es uno de los mitos que ejerce de barrera, tanto para conocer esos sentimientos como para hablar de ellos". En cierto modo, los parámetros sociales que dictan lo que es "correcto" y lo que es "anormal" hacen que muchas personas silencien sus verdaderos deseos y fantasías sexuales por temor al rechazo de la pare-ja. En su investigación, Conrad y Milburn descubrieron, por ejemplo, que sólo la mitad de los encuestados pensaba que otras personas tenían fantasías sexuales parecidas a las suyas; el 19 por 100 aseguraba que se sentiría muy violento e incluso "horrorizado" si alguien conociera la naturaleza de sus ensueños eróticos y un 12 por 100 confesaba que jamás se los contaría a su pareja.

Para los autores, estos datos evidencian lo corriente que sigue siendo avergonzarse de la propia sexualidad. "Cuando reprimimos y ocultamos esta parte de nosotros, los resultados son tan destructivos como cuando mantenemos encerradas las emociones. Perdemos el sentido de quiénes somos y despojamos nuestra vida de autenticidad y pasión", comenta la pareja de investigadores. De nuevo, la inteligencia sexual permite no caer en este silencio sexual capaz de dañar la relación amorosa.



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